miércoles, 2 de noviembre de 2016

















                                                        

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 El hombre  “enchufado”





El hombre es un ser complejo, pues conviven en él diversas personalidades. Está la que él muestra y cree tener y que le acompaña a diario. La de su propia máscara.  La del actor que interpreta un papel. En boca de Balzac, fingimiento, comedia, rutina.  También, la  del que desearía ser- de forma más o menos consciente-, sueño, proyección, según Calderón.  Y  la que de él percibe los otros. Así, pues ¿cuál es la real? ¿Vivimos o somos vividos, como decía Freud?
Hay hombres  que agonizan en su propio desierto. El oasis está próximo, tan cerca que ni siquiera lo perciben, pues está dentro de ellos. Bastaría con que prestasen atención a la voz interior para que la máscara fuese derritiéndose.
Y sin embargo, prefieren convivir con el anonimato. No el anonimato de lo escondido y lo humilde, sino en el del oscurantismo autoimpuesto, quizá por aquello de que es mejor ignorar que comprometerse. Por eso, la sociedad corre el riesgo  de caminar hacia una nueva versión del hombre. El hombre anónimo. El hombre desesperanzado. El hombre aturdido que no razona  por él sino que lo hace movido por un impulso ciego que proviene de la información almacenada desde el exterior, bien sea la que acumula de  lecturas que no asimila, o el bombardeo constante de los medios de comunicación. Y siéndole más cómodo no complicarse, vacía su pensamiento, teniendo como todo juicio la ausencia del mismo. Todo lo cual le lleva a desvincular la realidad con su yo auténtico, entreteniéndose con sustitutos externos para evadirse, obteniendo el ruido como silencio. 
¿Quién es este hombre?
El retrato robot puede servir de carta de presentación.
Busca la compañía solitaria o la incomunicación acompañada por una multitud invisible, con la diferencia que puede oírles e incluso verles, pero no tocarlos. Es lo que el aliento a la voz: palabras ahuecadas que se llevan las ondas y aterrizan en múltiples partes. De lo personal a lo colectivo y de la masa a la soledad. En el fondo es lo que busca: el descompromiso. La desconexión de sí mismo, anclado en un multiplicador, rehuyendo cualquier nudo gordiano que le ate a su yo, sujeto a infinidad de hilos, con la facilidad de poder deshacerlos apretando un simple botón; mejor aún: dejando de oprimirlo.
Es el modernismo del momento.
Este hombre no gusta de enfrentarse consigo. Se asemeja a una suerte de huésped cuya alma es presa de su envoltorio, sin alcanzar a obtener consciencia de ella misma.
Entre la percepción de lo que debe ser y lo que han elegido los otros, no permite que desde el exterior penetre en su interior aquello que le pueda empujar a la reflexión. A querer entendérselas con su propia identidad,  y todo lo que le pueda hacer discernir acerca de quién es realmente es relegado de inmediato y ocupa su lugar lo banal, lo efímero, lo que teje el entretenimiento sin más moraleja, abonándose a lo ramplón y a lo insulso, viniendo a ocupar su mente el cosmos universal  que proviene de sus proveedores de ideas. Y a base de no  cavilar, uno de los hemisferios de su cerebro se va atontando, obnubilando, a la usanza de las maquinitas  aritméticas, que con tanto uso, el que la soba acaba por perder cualquier facultad de cálculo personal y  termina contando con los dedos. Todo lo cual abona aquel  slogan  de un anuncio de detergentes, tan desafortunado en su expresión como afortunado por la realidad: “usted no piense, nosotros lo hacemos por usted.”
Así, con el tiempo acaba convirtiéndose en parte de la robótica social. Y por mucha precisión que pueda tener un engendro, es bien sabido que carece de sensibilidad al adolecer  de alma. ¿Dónde situar lo anímico si ni siquiera tiene constancia de ello? ¿Dónde la racionalidad, cuando no gasta neuronas?
Él, animal como el resto de las criaturas, progresivamente va haciendo algo revolucionario: alterar su naturaleza. Pues, en tanto que una fiera es incapaz de abandonar su estado primitivo, sin embargo él puede modificarla sustancialmente, y alejándose de su ser persona, deteriorar su sensibilidad progresivamente por el vaciamiento de los sentidos, convirtiéndose en un hombre no-pensante, sin religamiento a lo superior, terminando en un ser tele-dirigido.
Por eso, se enchufa a una cosa llamada sistema operativo, convirtiéndose al final en una especie de parte del cableado al más puro estilo “Matrix” y como último invento al “Whatsapp”  (= ¿qué es esta aplicación?). A cualquier hora del día y de la noche es necesario estar conectado para ser.
Desconectar para conectarse. That is the question. No prestar tal grado de atención, que se convierte en adición a los modernos medios de interrelación social; tener espacios para poder regar la mente con agua que  obre el milagro de producir semillas de pensamientos de mayor calado;  desechar tanta información desinformadora que terminan por embotar el conocimiento.
Y más allá de ello, después de ponerlo en práctica, preguntarse. Sí, preguntarse.  Doblemente. Primero, interpelándose  con aquélla frase de los Beatles” ¿Qué hace un chico como yo en un lugar como éste? O lo que vendría a ser lo mismo: ¿Puedo ser yo mismo, dejándome sustituir por los demás? Y luego, vaciado de lo de fuera y acongojado por lo que vislumbra  dentro, decirse: “¿Hacia dónde dirigir mi razón y mi voluntad para recuperar el rumbo? De lo limitado a lo infinito. El cielo como montera.
Por ello, se impone recuperar el “yo” perdido y abandonar tantas  clavijas. De no hacerlo es muy fácil caer en la definición de hombre masa. Y lo peor de todo, sentirse. ¿Eres? ¿Somos? La medida está en la dependencia a las conexiones.
·         novelapoesiayensayoangelmedina.blogspot.com



















El Instituto de la Resucitación.        


                         
Conocía a Tobías Erlington desde hacía años.  El hombre enfermó, hasta el punto de correr grave riesgo su vida, siendo internado. En aquel ínterin, me ausenté por motivos profesionales. Tobías, a pesar de ser una persona algo extraña siempre estaba abierto, hiperactivo, motivado y sobre todo amaba la belleza. Era licenciado en bellas artes, practicaba  la escultura y la pintura, y su afición por recrear su inquieto espíritu le hacía participar de la literatura y la música, pasando por ser, aunque aficionado, un gran melómano. Yo disfrutaba mucho conversando con él- es sabido que mucha gente resulta banal en sus conversaciones, pues la reducen a los deportes o comentarios del telediario, con su amplio abanico de noticias necrófilas- y lo mismo versábamos dialogando sobre los antiguos filósofos y sus obras, muchas de las cuales aún hoy  nos influyen, cómo “La República” de Platón o “El discurso del método”, de René Descartes; sobre los maestros de la pintura, cuya genialidad se plasma en las grandes obras( recuerdo que una vez me citó,  entre otros , con gran prodigalidad de detalles el cuadro de “La Venus del espejo”, de Velázquez, que se exhibe en “La National Gallery”, de Londres, del cual, aunque parece ser que pintó tres desnudos, solo se conserva este retrato, creando su propia imagen de la divinidad, aunque la idea de pintarla de espalda, sosteniendo  Cupido el espejo en el que se refleja, procedía de Tiziano; me hacía la observación que el espejo, en la posición en que está la figura no puede reflejar su rostro. Y que la de Cupido fue incluida posteriormente)
Al cabo de un tiempo volví a encontrármelo y lo noté extraño. Parecía frío, insensible, e interesándome por  retomar aquellos apasionantes temas de los que hablábamos con frecuencia, la beldad del arte, la escritura o el mundo del pentagrama, encontré en él el desdén hacia todos ellos. Era como si le resultasen inaceptables. Mi amigo, aunque cultivado, siempre había sido algo esotérico. Quizá por eso, me hizo una pregunta que me dejó desconcertado:
          -¿Te gustaría poder resucitar?
Yo, hombre de fe, le respondí con sencillez:
          -Debes de estar refiriéndote a la resurrección de los muertos, de la que habla la religión. Sí- me ratifiqué- creo que el hombre es más que la apariencia del cuerpo y que su alma inmortal no perecerá en el sepulcro.
Su respuesta, confieso que me resultó inquietante.
            -No exactamente. ¿Has escuchado hablar del Instituto de la Resucitación? 
             -¿De qué diablos me estás hablando?- contra pregunté escéptico.
Por toda respuesta, me dijo entonces:
             -Mejor que lo veas. ¡Acompáñame!
Y sin estar muy seguro de lo que hacía me dejé llevar, movido en parte por la intriga y también llevado en volandas por su vehemencia.
Tomamos un taxi y al cabo llegamos a un caserón a las afueras de la ciudad. Anochecía y las luciérnagas comenzaban a invadir la bóveda del cielo que se desplegaba sobre nuestras cabezas, despertando en mí mil interrogantes. Su gigantesca armonía y el orden dentro del  caos: porque es caótico solo pensar en sus dimensiones, estimadas en 93.000 millones de años luz. Él, empero, miraba a ras del suelo, cómo si no existiese.
Mientras hacía sonar el timbre situado en el enorme portón de la finca, aprecié que éramos observados a través de una diminuta cámara de televisión que barría de este a oeste. Poco después, chirriaron los goznes y se franqueó la entrada. Todavía hubimos de caminar un trecho por el camino chinesco del jardín, que se estiraba entre los setos situados a ambos lados. No nos dio tiempo a hacer uso de la campanilla de la puerta de la casa cuando nos recibió un hombre de aspecto más bien tétrico: era alto y flaco, cabello escaso, del color de la nieve que ha sido hollada;  yo diría quijotesco, de ojos hundidos y enormes bolsas que resaltaban en el borde inferior de las cuencas, orlando sus mejillas una barba lampiña.  Su rostro era alargado y los pómulos salientes, como manzanas resecas; pálido y arrugado, pintaba la proximidad a los ochenta, caminando doblado y tembloroso Sus extremidades eran largas, y más aún sus  huesudos dedos, que se me antojaban parecidos a los de un pianista raquítico, vistiendo un traje negro y zapatos del mismo color. La impresión que saqué de él es que debería aplicarse, si la tenía, su propia medicina, pues me pareció que coqueteaba con las pompas fúnebres.
Descendimos por una retorcida escalera de caracol, y una vez en la planta baja, lóbrega cual la boca de un lobo,  recorrimos un largo corredor a cuyo fondo había una puerta blindada. Dentro de la estancia estaba su ayudante, un hombrecillo  de aspecto insignificante. Contemplé una mesa metálica y junto a ella una máquina de electroshock - que confieso no me dio buena impresión al verla-, una vitrina, en la que parecíome que sus estantes  estaban ocupados por tarros de medicamentos y varias jeringuillas. y al fondo una cámara frigorífica, todo lo cual se me antojó una sala de despiece.
Mientras que nuestro anfitrión se embutía en una bata oscura, cuyo peto estaba reforzado por un hule,  hizo señas a su colaborador y éste se aprestó a ejecutar la orden; entre tanto, mi amigo me comentó que el personaje era el doctor Molokov, un reputado científico, formado en la antigua Unión Soviética, que, tras la caída del muro se instaló en Europa. Investigador de la muerte, trabajaba en un proyecto de resucitación, habiendo conseguido notables logros con animales. Yo no sabía si sonreír, enfadarme por aquellas palabras y por el misterio con que me había conducido hasta allí, o salir corriendo. Pero la curiosidad me retuvo, queriendo ver el fin de aquella farsa. No obstante, condescendiente, objeté que, una cosa eran experimentos con animales y otra bien distinta, por su complejidad, la práctica, y sobre todo conseguir resultados con humanos. Mi incertidumbre aumentó cuando Tobías, sin apenas inmutarse me respondió: “¡También! ¡También!, a lo que contra objeté: “¿Y tú qué sabes! “¡Te lo digo yo!- se reafirmó sin poder  ser más explícito, pues en aquel preciso instante, el empleado de Molokov extraía de la cámara una bandeja sobre la que descansaba lo que a mí me resultó a todas luces un cadáver.
Aquel cuerpo parecía pertenecer al de un mendigo. Gente desahuciada por la sociedad y la vida que la malgastan malviviendo, ocupando su tiempo en la evasión que les proporciona la bebida, por pobre que sea su calidad, con lo cual aumenta el riesgo del hígado. Hasta que un día revientan de hastío y mendrugos, o deciden tirarse al río más próximo. Por lo visto, me comentó mi amigo, que alguien que él desconocía se encargaba de traficar con los cuerpos para que acabasen en la mesa de resucitación del ruso. Con esta clase de harapientos de la vida-insistió- no hay riesgo si no se consigue progresar en la restauración del cadáver, pues nadie vendrá a reclamar nada. “Aunque yo te digo- volvió a zarandear mi ánimo- que sé bien de la viabilidad de los experimentos del doctor.
Molokov  retiró  la sábana que lo cubría, dejando su cuerpo al desnudo. Era el de un varón y a pesar del rigor mortis, calculé que no debía tener más de cuarenta años. Por su aspecto parecía extranjero. No hacía mucho que había muerto, y para verificar su estado (yo creo que fue una exhibición que hizo para impresionarme) le untó con una crema, conectó  los electrodos y le aplicó una descarga eléctrica. Al notarla, los músculos reaccionaron, como si quisieran saltar del interior de aquel cuerpo. (Fue inevitable que me remontase a mi niñez, cuando durante unas navidades degollaron en casa un hermoso pollo, y decapitado dio un brinco desparramando sangre a borbotones, alcanzando el techo) Al verlo, me sobresalté.
Molokov me miró displicente, y haciéndolo, no sé por qué me pareció que algo debía conocer de mí, por parte de mi amigo. Algo así como una previsible recomendación o interés por sus experimentos.
         -La homeostasis se ocupa de las variaciones de la temperatura en los organismos vivos. Este hombre es evidente que está muerto. Basta con verlo. Pero los médicos podemos verificarlo. Debe llevar poco tiempo cadáver, pues la musculatura ha respondido al estímulo. Pronto se manifestarán en el los cambios postmorten. Primero, la rigidez de la cara. Después, sobrevendrá a brazos y tórax, hasta alcanzar las piernas y antes de las veinticuatro horas será completa. La autolisis, es decir la devastación de los tejidos hará el resto. Finalmente, cuando esté completamente destruido,  se iniciará el proceso de descomposición y putrefacción; en un par de días hará su aparición una serie de manchas verdes a la altura de los costados, y pocos más, los gases harán que se hinche el cuerpo, se rompan los órganos internos y aparezcan las ampollas por toda la anatomía.
Escuchándole, sentí  en mi interior una sacudida. Pero, haciendo de tripas corazón, aun conduciéndome sus explicaciones a fijarme obsesivamente en el cadáver que tenía ante mis ojos, anclé mis piernas- que habían flaqueado- sobre el suelo y permanecí en silencio, invitándole a proseguir.
          -Esta es la parte más desagradable- nos dijo- por la que hemos de pasar todos. Este hombre es el anticipo de nuestro propio destino. Sin embargo, la ciencia tiene la misión de investigarlo todo, incluso el mal peor de todos que es la muerte. Porque morir no es solo lo que ustedes contemplan, en su cruda realidad, sino la desesperanza de que en el mejor de los casos, todo quede en este horripilante fin; al estar dotados de lo que algunos llaman espíritu, alma o conciencia- yo prefiero referirme a esa sustancia simplemente como la consciencia de lo que somos;- muriendo enterramos para siempre el deseo de vivir. Y a la aniquilación material se ha de añadir la destrucción de “ser”. Si nacemos para vivir, si la vida impregna toda nuestra persona ¿por qué hemos de morir? ¿Qué contradicción de la naturaleza es ésta? ¿Acaso lo que los creyentes llaman “pecado” puede en su microscópica dimensión  ser  el castigo de la Naturaleza infinita? ¿Qué imagen de dioses somos, si acabamos convertido en gusanos, auto devorándonos en la corrupción de un sepulcro?
En tanto pronunciaba su discurso, Molokov abrió la vitrina y extrajo un frasco con un componente desconocido (se me hacía evidente que no estaba patentado y por tanto era de su invención) y una jeringuilla dotada de una aguja larga.
Luego, fue pinchándole en diferentes zonas del cuerpo yaciente un compuesto celular. En la medida que lo hacía el rigor mortis se iba atenuando y un ligero rubor empezaba a aflorar por aquel cuerpo. Finalmente, hizo una pequeña trepanación e introdujo el catéter por el orificio, penetrando el líquido inyectable a través del mismo. Confieso que me sobresalté al verle mover las manos y recuperar el color. Pero cuando casi me desmayé fue al verificar que, siguiendo su mandato, como aquel Lázaro que volvió a la vida (no me gusta la comparación, y todo esto, aun pasando por el tamiz de mis propios ojos, me resulta un acto de brujería) le ordenó levantarse, y tirando de su mano que ya había recuperado el calor, le ayudo a reincorporarse.
Me fijé en él con espanto (no así  mi amigo, que parecía conocer el experimento) y por supuesto, Molokov, que mostraba su satisfacción, seguro de ser reconocido mundialmente, primero por la Academia de las Ciencias y posteriormente contar con el inmenso agradecimiento de la humanidad, que superaría el difícil trance de la muerte.  Vencido el aguijón de la aniquilación,  quedaría como un pesado sueño. A propósito de lo cual, me decidí a preguntarle.
            -Estoy realmente sorprendido, profesor. Pero, dígame ¿qué sucede después de experimentar volver a la vida tras el hecho biológico de la muerte? Se trata de una experiencia extrema; algo inusual. Por tanto ¿cómo reaccionan los resucitados?
Molokov miró a mi amigo. Era evidente que lo conocía de antes. Entonces, me confesó que la ciencia evolucionaba cada vez más, y que aquel punto de inflexión era importantísimo para consagrar la vida, recuperándola, superando la barrera de  la aniquilación. Aunque- añadió resignado- todo es mejorable. Yo he estudiado, he investigado y he conseguido recuperar la materia. Lograr que las células vuelvan a vivir y la piel a sentir. Conseguir  que un cuerpo en proceso ya de destrucción retorne a la vida. Pero, aún queda mucho camino por recorrer. Sostengo- y usted acaba de verlo- que estoy en condiciones de resucitar el envoltorio humano; no así el espíritu- matizó- Los hombres a los que resucito, recuperan el cuerpo, pero no su alma. Todavía no estoy en condiciones de devolverles la sustancia de la sensibilidad: en una palabra, el recreo de la belleza que representa todo arte; la pintura, la escultura, la música, la poesía e incluso el sentimiento estético de la beldad de una hermosa mujer. Para eso habremos de aguardar, tal vez mucho tiempo. Estos son los albores.
Guardó silencio durante unos segundos, quedando yo estupefacto. Mis neuronas se habían revoloteado y comenzaba a entender. Echándole la mano por encima del hombro se llevó a mi amigo a un extremo de la sala, en tanto el resucitado bostezaba con cara de lelo.
          -¿Le ha dicho que usted…?
Cuando se volvieron hacia el lugar en el que me había dejado, encontraron que yo no estaba allí. Apresuradamente salí de aquel Instituto de la Resucitación, en tanto que mi cabeza trataba de explicarme lo sucedido. Era lo que había experimentado Tobías Erlington, que no llegó a superar la mortal crisis que le condujo a la muerte, debió de tener contratado los servicios del sabio para el caso en el que fuese necesaria su reanimación corporal. Corporal, sí; porque Tobías- como ya pude comprobar- había perdido su interés por la belleza y la sensibilidad. Un hombre que se recreaba en la admiración y la satisfacción que produce todo lo artístico, había quedado relegado a la condición de insensible. Era tanto como vender el alma. Y yo, aunque amaba la vida, prefería ser una persona, con sus limitaciones en el tiempo, sí, pero tal como la naturaleza me había creado. Hombre y no medio hombre. Insensible. Autómata.
Ya no encontré más a Tobías. No sé si volvió a tener una segunda muerte y una nueva resucitación. Tampoco me importa. Yo prefiero seguir siendo yo mismo. Una persona en toda la acepción de la palabra. Aunque con la limitación de Cronos, cuerpo y alma.
                                                                                                                        




Recomponer el mundo           
















                                                                    


Propuse a mis discípulos que hiciesen un doble ejercicio : de una parte la memoria, aprendiendo la ubicación de determinados países en el mapamundi, naciones en las que no cesan los conflictos humanos: Afganistán, donde la paz se vislumbra incierta; Colombia, guerra recién acabada entre gobiernos y las Farc; Filipinas, que libra una lucha solapada por la autodeterminación del pueblo Moro; Irak, en la que se enfrentan entre sí  chiíes, suníes y kurdos; Israel y Palestina, tierra en la que  nunca prospera la reconciliación; Nigeria, estando de por medio la disputa del petróleo entre las etnias; Siria, eternizándose el conflicto entre el régimen y sus opositores;  y las inestables repúblicas islámicas de Egipto, Libia y Túnez,  desestabilizadas ad-extra in-extra.  De otra, la sagacidad, mostrar cómo deshacer el nudo gordiano para cambiarlos. Porque, a veces confundimos el vericueto por el cual discurre el bien y el mal,  desplazándolos hacia una entelequia. En una fuerza sobrenatural,  independiente de  la voluntad al más puro estilo  de Zaratustra. 
A tal fin, les entregué una fotocopia del Atlas y le concedí cinco minutos para que lo retuviesen mentalmente; a continuación, debería proceder a romper el papel y en otros cinco minutos reconstruir el mapa, de forma que volviesen a aparecer en la ubicación en  la que se encontraban. Finalmente, les hice hincapié en que deberían analizar cómo recomponer la situación para su pacificación. ¿Hay alguna manera de rehacer  el mundo?
Yo era consciente de la doble dificultad: re-dibujar el mapa, y sobre todo sugerir la manera de  arreglar lo que la ONU era incapaz de hacer. Ardua tarea. Y menos disponiendo de tan escaso margen de tiempo.
Cuando me percaté que lo habían hecho, consulté el reloj, y al cabo les hice saber que el plazo había concluido, procediendo a verificar que mis instrucciones se había llevado a efecto. Sobre cada pupitre descansaba un montón de trozos, y para hacer realmente complicada la operación, me preocupé personalmente de removerlos a fin de que se mezclaran, de manera que resultase realmente complicado reproducirlo.
Volví a mirar mi cronómetro y pregunté sobre el resultado del ejercicio. Todos permanecían en silencio, evidenciando que no habían sido capaces de conseguirlo. Uno dijo que no había solución, pues los enfrentamientos nacieron nada más ver la luz  Caín, el primer homicida. Otro, que el mundo se encuentra dividido en dos facciones: capitalismo versus comunismo, y ninguno quería ceder su puja por imponerse. También hubo quien  lo simplificó, pretextando que los ricos no concedían  a los pobres sino un pequeño trozo de la tarta. El más prospectivo, alegó que venimos sufriendo la desigualdad impuesta desde que el hombre comenzó a aglutinarse en grupos, pasando a ser protegidos y dirigidos por los más astutos, que se constituyeron en poderosos, naciendo los condados, y después los reinos; y esto, hasta nuestros días. La educación y los principios fueron asimismo citados. Cada cual tenía su propia visión. Pero los montoncitos seguían destacándose: resultaba evidente que no fueron capaces de unificarlos.
Fijándome, observé una mano que tímidamente se levantaba desde el fondo, sobresaliendo por encima de las cabezas del resto de los estudiantes. Me acerqué y vi que, en efecto, aquel alumno había sido capaz de recomponer  el mapa. Preguntándole, me confesó que no le había ocasionado ningún problema. Sencillamente, antes de destrozar  aquella hoja, había tenido la precaución de dibujar al dorso la figura de un hombre. El resto fue fácil; componiendo el hombre, pudo rehacerla. Para rehacer el mundo, se imponía primero  rehacer al hombre.
Pedirle que me explicase qué  es un hombre realmente me pareció excesivo. Eso lo dejo para ustedes.























                                                    



  La Reencarnación














Articulo:

CARTA A UN EXISTENCIALISTA










La nada




















LAS POSTRIMERIAS DE LA VIDA

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